Lo superfluo, divino tesoro

La juventud es pretender vivir desde sí. (Julián Marías)

Hay una feliz coincidencia entre las cosas más superfluas de la vida como la ciencia, el arte, la filosofía o la literatura, y la juventud. Pues a todas ellas les basta con el mero hecho de existir, de ser, sin más. Convendría recordar esto para no dejarnos arrastrar por la lógica del beneficio inmediato, y repetirnos aquella frase de Oscar Wilde: «en el mundo moderno lo superfluo lo es todo».

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The hollow men

El sonido de helicópteros en la distancia; una densa selva tropical, majestuosa, quizá el paraíso. De repente, la destrucción, el napalm, el apocalipsis. Suena la canción de The Doors, «The End»—¿hemos acabado con la inocencia de la tierra?—. La música sigue sonando y aparece la mirada del capitán Willard: tensa, herida, silenciosa, mientras observa la destrucción de las bombas, el horror de la guerra. Espera su próxima misión, la desea, porque no hay otro destino que la guerra ni más patria que el vacío para el soldado quebrado, sin moral, sin morada.

Apocalypse Now sitúa la primera escena en dos caminos que convergen: la guerra exterior y la interior, la de Vietnam y la del soldado que se sabe culpable de un crimen colectivo. El horror no solo está en la selva, sino en nuestro interior. Matar al coronel Kurtz es el viaje hacia el capitań Willard («su historia es mi historia»—dice—), y también lo es del progreso, de las huellas de su barbarie. El coronel Kurtz no es más que el espejo incómodo de la civilización, que inventa máscaras para enterrar sus fracasos. Pero ¿quién sobrevivirá al viaje, el que mata o el que ama?

Tal vez esto reflexione el capitán Willard, mientras un hombre de paja lee el poema de Eliot, The hollow men, y espera la muerte.

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Toro salvaje

Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos los demás.
(Artaud)

Nadie pudo tumbarlo, excepto él mismo, y la caída fue definitiva. Toro salvaje, el clásico de Scorsese, muestra la esencia más cruda del boxeador Jake LaMotta a través de la magnífica actuación de Robert De Niro. La película narra una existencia arrinconada por los complejos, la desconfianza, la violencia y los celos, un cuadrilátero perfecto donde vida y ring se entrelazan como metáfora de la lucha universal del hombre contra sus propios demonios, en la búsqueda de sí mismo. «Hubiera podido ser alguien», dice, al mirarse en el espejo, como un Hamlet arrepentido, en la escena final donde el boxeador, ahora comediante y declamador de versos, alcanza una rendención medida, pues nunca puede ser del todo completa para quien fue tan solo un animal salvaje.

Dice Félix de Azúa, hablando sobre el Arte, que el hombre del paleolítico representaba lo sagrado a través de los animales que pintaba. Para ellos, estos animales no conocían la muerte, pues, aunque los cazaban, la Naturaleza los regeneraba año tras año. Por este motivo, los seres humanos empezaron a enterrar a sus semejantes, buscando emularlos y aspirar, de este modo, a la inmortalidad.

En cierto sentido, la película de Scorsese se desarrolla bajo el fondo de esta antiquísima idea en la que nuestros antepasados, en sus inicios, buscaban representar la dignidad de los grandes animales no para adornar sus cuevas, por entretenimiento, sino para plasmar en la dura roca algo de su sabiduría. Es posible que Jake, como toro salvaje en el altar sacrifical, sea el símbolo de la culpa original, la mota de mal que pelea con la vida y que encuentra en el ritual de quince asaltos, la esperanza de que con dolor y sangre sea posible el perdón que todos buscamos.

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Entre – tenerse

La diferencia entre los libros o películas de entretenimiento y aquellos que no lo son es que los primeros buscan sostenernos para que no caigamos en el tedio, en ese aburrimiento esencial que es, a mi juicio, la base para una vida examinada; y, los segundos, que exigen lo contrario, es decir, la caída hacia la nada, allí donde, como dice José Mateos: «somos lo que somos». En unos rige el lenguaje comercial, el del público; en los otros, simplemente, el silencio.

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Inteligencia y conciencia

La irrupción de la tecnología ha dejado en evidencia que la inteligencia no siempre requiere de conciencia. Aplicaciones como ChatGPT, que son aún precarias en cuanto a la profundidad de su respuestas, no tardarán mucho en poder explicar con total precisión las fórmulas más complejas de la física cuántica o las líneas más oscuras de Hegel.

Es indiscutible que esas máquinas serán realmente inteligentes, tal vez demasiado. No obstante, si a alguna de ellas le aconteciera la conciencia, ¿cómo lo sabríamos? ¿cómo se señala la conciencia en el mundo?

Se dirá que el ser humano es más que saber, que es también acción, consecuente con su saber. Pero si una máquina estuviera programada para conmoverse ante el sufrimiento ajeno, o para hacer de lo que le rodea un mundo mejor, ¿tendría aún sentido la pregunta por quién tiene o no conciencia de verdad?

Tal vez la una única pregunta coherente en ese mundo sería la que formula el policía escéptico de Blade Runner: «Pero ¿quién vive?».

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La ilusión del detalle

Los deseos germinan en los detalles, en las pequeñas cosas que se nos aparecen como singulares. Los detalles son el índice de lo real; la imaginación se encarga del resto, de lo ausente. Y así como en el rostro del ser amado intuimos un destino, de igual modo, esculpimos el carácter de la existencia según el alcance de nuestra mirada.

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La verdad literaria

La verdad literaria nada tiene que ver con la verdad de los hechos. La Historia ni cuenta ni relata, sino que describe, compara, explica. Su visión es (o debería ser) neutra; la de la literatura, sin embargo, es subjetiva y, por lo tanto, a menudo, irracional.

Pensemos, por ejemplo, en Soldados de Salamina de Javier Cercas. El relato de unos sucesos que ocurrieron al final de la guerra civil española, en plena retirada de las tropas republicanas. El ideólogo de Falange y, a la postre, el falangista más antiguo de España, Rafael Sánchez Mazas, es fusilado junto con otro grupo de prisioneros en un bosque cercano al santuario de Santa María del Collell (Gerona). Pero logra escapar. En su huida, un soldado republicano lo encuentra, le mira a los ojos y le salva la vida.

La novela gira alrededor de esa mirada -el secreto esencial- que el libro trata de desvelar, como si detrás de ella se escondiera algo más que compasión. ¿Pero es así o nos hace creer el autor que es tal y como él lo relata? ¿Examina la literatura el misterio de la vida…, o lo crea?

En efecto, quien haya leído la novela da por descontado que así es, que ese suceso es inexplicable con tal solo argüir bondad, compasión, coraje o cualquiera de las virtudes que podamos pensar, y que, más bien, esa situación es fruto, sobre todo, de una fuerza ciega, algo que nos sobrepasa y que nos impulsa, algo que, tal vez, como dice Cercas: «no está hecho para describirse con palabras, porque las palabras solo están hechas para decir lo decible, es decir, todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua marrón de la hoya, y que grita con fuerza sin dejar de mirarlo: -¡Aquí no hay nadie!-».

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Habitamos en el lenguaje

Es preciso escuchar con atención la manera en que alguien habla para tomarle el pulso a su carácter. La suma de sus palabras -de sus afirmaciones, de sus negaciones, de sus preguntas y de sus contradicciones- desvelan el modo de ser de una persona. Pero también podríamos invertir la dirección, es decir, sumar las palabras con las que nos dirigimos a ella. En este caso la descripción, lejos de diferir, sería equivalente o al menos complementaria, puesto que no solo somos la palabra producida, sino también la recibida. Somos cómo hablamos y cómo nos hablan. He ahí el modo en que nos inscribimos en la vida.

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Ausencia de problemas

Utilizamos la tecnología para solucionar todos nuestros problemas y al mismo tiempo nos incomoda que desaparezcan por completo. ¿Por qué? ¿Será acaso que la tecnología nos desvela con más claridad la contingencia de la cosas, la nada…?

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Espejismo

Quien se abandona frente al espejo acaba por despreciar aquello que admira. Pues la tiranía del cuerpo aumenta su poder ante la pasividad de la mente.

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