Política ficción

Todo relato es una ficción. Y la necesidad de ficción es tan patente en el ser humano como la necesidad de verdad. La vida depende, en gran medida, del equilibrio de las dos. 

El problema aparece cuando la balanza se desajusta y lo aparente se filtra por lugares donde debería regir un escrupuloso sentido de lo real. Este es el caso de la política o, siendo más rigurosos, de la política ficción

Una vez que damos por descontado que no hay verdad, sino sólo mi verdad y la tuya, el político,  con la complicidad de su fabulosa y fabulada audiencia, ha aceptado,  con fiel pulcritud, su papel de cuentacuentos. Así lo observamos, por ejemplo, en la palabra extrema, desconectada de lo efectivo y acomodada a un discurso falaz, pero congruente con los límites de su narración. 

Lo que hay, sin embargo, tras estas ficciones no es más que un puñado de sentimientos, resentimientos y emociones, junto con el deseo, natural en todo político, de permanecer o alcanzar el poder. Relatos y pasiones, en definitiva. El mismo cuento que podemos observar en la política del siglo XX, de la cual aún no parece que hayamos pasado página.

Por el momento, invito al lector a escuchar con devoción el próximo discurso de su político o política favorito. Sugiero un apropiado comienzo: «Érase una vez un hombre muy malo, muy malo que… »

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