Hoy abundan los cuestionarios y escasean las cuestiones. Correcto o incorrecto, bueno o malo, con nosotros o con ellos: he ahí la respuesta esperada y esperable en un mundo que confunde las cuestiones -expuestas al debate público, la seriedad de los argumentos y la suspensión de los prejuicios-; y, los cuestionarios -impuestos a lo binario, sin lugar para el matiz o la búsqueda de la verdad-.
Pero ¿quién se someterá a la crítica?¿quién soportará que se le arrugue la piel, tan acostumbrada al ungüento mojigato de nuestra sociedad? Eufemismos y perífrasis, las tradicionales claves para hacer ausente la presente, y ahora tierna, realidad. Se multiplican los micrófonos, permanecen los trucos. Eso es todo.
Y, sin embargo, para que haya cuestión debe haber provocación. Así lo entendía Sócrates y se ganó el sobrenombre de tábano, no precisamente por sus caricias, sino porque su afán por saber estimulaba la mente al tiempo que levantaba pasiones. Unos, hechizados por la pregunta del maestro, perseveraban en el camino de la duda; otros, amedrentados por su propia ignorancia, huían esclavos de sí mismos…
Mas solo el valiente es capaz de amar, de reconocer en su saber el sueño de una sombra y de pronunciar con gran humildad: «solo sé que no sé nada».