Podemos ignorar la verdad, podemos esquivarla, podemos descartarla y olvidarla, y también podemos engañarnos. Pero lo que no podemos es permanecer en la mentira, en el error a sabiendas. Si esto fuera posible, la búsqueda de la verdad, como decía Ortega y Gasset, sería un sinsentido. No sin motivo, el Homo sapiens tiene un largo historial en la caza y recolección de esta noble realidad, y, precisamente por ello, cabe preguntarse por qué esto es así, por qué vamos tras sus huellas. La respuesta es sencilla: porque ignoramos y erramos. Anhelamos la luz porque nos constituyen las sombras.
Sin embargo, en la sociedad del ruido en la que vivimos, incluso el negacionista busca salir de la mentira y del error, aunque su búsqueda le lleve invariablemente a confirmar lo que ya da por descontado, a saber, que todo lo que acontece es fruto de una perversa manipulación de la cual solo unos pocos están enterados.
La diferencia entre el que hace de la sospecha su dueña y no su aliada es que los primeros van a la caza de la verdad y acaban siendo presas de la mentira, mientras que los segundos, van tras la verdad errando, pues, todo error es una pista hacia lo verdadero.