El espíritu de la colmena

Que el cine en su origen era un acto social excepcional, donde se difuminaba la línea que separa la realidad de la ficción, es algo que podemos observar en la película de Víctor Erice El espíritu de la colmena, un film que, además de película, documenta el impacto del séptimo arte en las gentes de la España de la posguerra, a mediados de 1940, en un pequeño pueblo de Segovia. Ante la pantalla, los vecinos miran asombrados al monstruo que nace de los miembros de la gente muerta. El doctor Frankenstein es la película proyectada y dos de sus espectadoras, Ana e Isabel, dos hijas pequeñas de una familia atrincherada en la tristeza y la desazón, miran al monstruo y a la niña que le acerca flores a sus manos cosidas. La más pequeña de las dos, Ana, abre sus ojos, sobrecogida, como ante un milagro. Al acabar la película pregunta a su hermana mayor: «¿por qué mata a la niña?». 

Quien haya leído Frankenstein o el moderno prometeo de Mary Shelley sabe que el monstruo, lejos de ser un asesino cruel, es un ser bondadoso ilusionado por conocer el mundo. Sin embargo, el rechazo de su creador y de las personas que lo rodean -un mundo sin amor ni justicia- lo transforman en un ser vil y macabro cuya única alternativa es la violencia. La criatura, transformada por el odio, deviene lo que los demás ven en él y no lo que en realidad es. Como decía Camus: «son los otros los que nos engendran».

Asimismo, de la España cadavérica, desmembrada por la guerra civil, surge una sociedad aislada, escondida en sus respectivas colmenas, que como abejas se afanan al unísono con un movimiento enigmático al par que inconsciente y perpetuo. 

Un repetitivo pensamiento bello pero siniestro -como el amarillo melifluo que reviste la casa- obsesiona a Fernando, el padre de las niñas, fascinado por el mundo de las abejas, y que reescribe sin cesar como un Sísifo taciturno. Teresa, la madre, escribe cartas a un amor que perdió en la guerra y cuyo paradero desconoce por completo. «Tanta tristeza -dice- nos ha privado de la capacidad de sentir la vida», un dolor tan grande y hondo que sólo habita el silencio. 

A este mundo gris representado por los padres, se contrapone el de las niñas que buscan crear uno propio, lleno de aventuras, a través de dos latidos diferentes. Isabel simboliza la pulsión cruel y mortal del ser humano; Ana, la bondadosa y vital. Pero de las dos, la que no encuentra acomodo en esa infeliz y lánguida colmena es Ana, puesto que lo que ella representa (la bondad, la humanidad, la libertad) no admite los muros estrechos de un panal. La vía de escape, el tren, que en su imaginación la llevará lejos de allí, resulta ser el cine. Las mentiras que se relatan tras las gran pantalla son las que la impulsan a buscar, a crecer, pues solo crecemos cuando aprendemos a mirar, y a crear el argumento de sus aventuras. Aventuras llenas de luces y de sombras, de ficción y de realidad.

Como Frankenstein, Ana irradia el fuego prometeico que representa la victoria de la vida sobre la muerte. 

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