¿Quién quisiera vivir en un estado de inocencia perpetua, en una infancia sin fin, servir a papá y a mamá, atender solo a sus mandatos? Pues, en principio, nadie. ¿Debemos, entonces, dar las gracias a la serpiente por arrancarnos de nuestra inconsciencia? La escisión, el dolor de conocer, la brecha que habitamos y que nunca terminamos de cerrar es nuestra caída, pero también nuestro éxito. Somos la historia de esa escisión, de esa consciencia que se sabe quebrada y cuya sanación, como dice Hegel, es aquello mismo que la produce, es decir, el conocimiento.