¿Qué son las cosas?

Si pretendiéramos saber qué son las cosas con tan solo buscar su significado en un diccionario, pronto nos daríamos cuenta de que el significado de las cosas excede toda definición. Tomemos, por ejemplo, la palabra «montaña». ¿Qué es? Según la RAE, una montaña es una gran elevación natural del terreno. Como comienzo para saber de qué estamos hablando es correcto partir, al menos, de una definición común.

No obstante, ¿hemos dicho ya todo lo que hay que decir sobre el ser de la montaña? Evidentemente, no. Pues la montaña tiene múltiples significaciones en función de la perspectiva que adoptemos. Para el científico, la montaña es un conjunto de partículas que se comportan de determinada manera en función de una leyes físicas y químicas; para el pastor, la montaña puede ser un lugar de fatiga, aburrimiento y trabajo; para el cazador, un laberinto por donde persigue a su presa; para el poeta, un lugar de inspiración; para el hombre moderno, la montaña representa la vuelta a la naturaleza, la desconexión con la matrix urbana, la vuelta al origen…

Sin embargo, todos estos discursos hablan de la montaña, pero ¿qué es la montaña sin sus diferentes puntos de vista?

Una posible respuesta, aunque errónea a mi juicio, sería decir que, en realidad, excepto la visión científica, todas las demás son fruto de la subjetividad y, por tanto, no dicen nada verdadero sobre el ser de la montaña, que a lo sumo, lo que podemos decir es que todo está hecho de átomos que se combinan de distinta manera y forman todo lo que vemos. Y así es. Una montaña, desde esta perspectiva, no se diferencia en nada de un coche, un edificio o una mosca. Ahora bien, ¿no nos preguntábamos al principio qué era una montaña, y no qué era un escarabajo, una nube o una mesa? ¿No decimos demasiado poco de las cosas si tan solo podemos afirmar que son materia? ¿No es la palabra «ser» algo más grande que su exclusivo ser físico? ¿Es el ser de la cosas una cosa…?

Los diferentes discursos que de lo real hacemos no son más que diferentes modos de ver, miradas sobre eso que llamamos «realidad» que son, no obstante, necesarias, pues todo lo real se muestra exclusivamente deformándose, como decía Ortega. Lo que la realidad sea sin una determinada forma de ver nos es, en suma, incognoscible.

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