Señalaba Heidegger que el aburrimiento es una manera de abrirse a la existencia. «Aburrimiento» en alemán se escribe «Langeweile», es decir, tiempo largo, y de ahí su conexión fundamental con nuestro ser: el tiempo.
En su libro Los conceptos fundamentales de la metafísica es llamativa la descripción de un tercer tipo de aburrimiento al que denomina «aburrimiento profundo» por ser más esencial, más radical. Diferente, pues, a cuando nos aburrimos con un amigo, al ver una película o al estar en una fiesta, el aburrimiento profundo nos sitúa en un tiempo que se demora, que nos da largas y que nos anula, que nos deja vacíos, pero que nos reclama, dice Heidegger, que nos llama a escuchar. Pero ¿el qué? El tiempo largo, la temporalidad de la existencia, el fundamento de nuestro existir. O dicho a la heideggeriana: nuestro ser ahí.
El ser humano, a diferencia de las rocas o los animales, no tiene dado ya su ser sin más, sino que está obligado a hacerse uno, a buscárselo. Vamos en busca de nuestro ser porque tenemos una cuenta pendiente: llegar a ser alguien. Por eso existimos, porque de alguna manera, el que se busca, el que está por ser, se sitúa ya más allá de lo que es y por tanto está fuera de sí, ex-iste .
En consecuencia, el tiempo largo, en su interpelación a ser escuchado, tiene la virtud de conectarnos con una fatigosa realidad: la de que somos esclavos de nuestra libertad radical; la de que somos sólo el tiempo que nos queda, como diría Caballero Bonald.