Onfaloscopia

Que hoy nuestros estudiantes padezcan onfaloscopia aguda es el resultado no solo de una sociedad, una familia y una educación que han claudicado -pues ya se sabe que sin la energía suficiente, la fuerza de la juventud vence a la entereza de la madurez-, sino que también responde, de manera más profunda, a una manera de ver y estar en el mundo.

Decía Ortega que el mundo nace ante nosotros como «no», y parece tener sentido incluso para las primeras experiencias de los recién nacidos, ya que de entre las primeras palabras que el niño aprende ese es monosílabo tan esencial como las palabras «mamá» o «papá». El amor de un padre o de una madre también establece límites, es más, debe ponerlos si no se quiere que su amor convierta al niño en amo y señor.

En el aula pasa algo parecido pues la norma actual considera que los profesores deben trabajar para hacer felices a sus alumnos y que cualquier síntoma de frustración debe ser evitado. Nuestros alumnos tienen pocas oportunidades de demostrar su valentía frente al «no» de la vida porque, parafraseando a Jünger, ¿qué es ser valiente sino sostener la alegría frente al fracaso? Sin embargo, en un mundo en el que se enseña lo contrario, es decir, que el mundo es un gran «sí», un lugar donde uno se sirve como si estuviera en un buffet libre, acomodamos a nuestra juventud (y peor aún a nuestro adultos y mayores) en una infancia perpetua.

La tecnología, la ciencia, la democracia nos han empoderado, el hombre y su circunstancia se han vuelto algo más manejables, pero a pesar de ello me pregunto si ese mismo poder nos priva de ver el mundo como excepción, como regalo. Me pregunto si en tal caso no tendría que recordar a mis alumnos que los protagonistas de la vida no son ellos, sino la vida misma.

Estándar