Hay una libertad que señala hacia dentro y una libertad que señala hacia fuera, pero que, en ningún caso, son intercambiables aunque en muchas ocasiones una necesite de la otra. Ante todo, siempre debemos preguntarnos por el sentido de la palabra «libertad». Tener la fuerza mental de un Epicteto, pongamos por caso, no nos hace más libres en un sentido exterior (pues era esclavo), pero sí nos hace libres en un sentido interior o, como dirían los antiguos griegos, ganamos en autarquía, en dominio sobre nosotros mismos.
El primer sentido de libertad responde a la pregunta: ¿quién me gobierna? y su conexión está estrechamente ligada al saber y es una idea que puede ser ampliamente estudiada en la cultura europea, desde la filosofía griega, la Biblia, la filosofía medieval y la moderna; la segunda responde a la pregunta: ¿qué puedo hacer? y su conexión es fundamentalmente política, señala la libertad de hacer que tiene una persona en un determinado territorio. Las dos señalan un ámbito de la libertad amplio pero distinto. Uno es el del pensamiento, el otro el de la acción y, de ahí, por tanto, su conexión antropológica.