La búsqueda de la felicidad puede deshumanizar. Léase un «Un mundo feliz» de Huxley para entender esto. La felicidad, entendida tan solo como sensación placentera prolongada en el tiempo, no alcanza más que a situarse a la altura del narcótico, del «soma». Dormir los sentidos, los dolores, buscar siempre la diversión, la distracción incesante de lo negativo, etc., son el precio a pagar por mantener la paz social entre los ciudadanos de esta distopía tan deprimente como irónica. Lejos están (¿estamos?) de la felicidad como la entendía Aristóteles, como actividad, como ejercicio propio del hombre que lo convierte en un ser virtuoso. Por el contrario, la identificación de la felicidad con la infancia, tan habitual en nuestra manera de ver las cosas, aunque llevada al extremo, resuena en el futuro distópico que describe el autor, pues allí la felicidad se impone como deber: el deber de ser siempre tan feliz como un niño.