La verdad literaria

La verdad literaria nada tiene que ver con la verdad de los hechos. La Historia ni cuenta ni relata, sino que describe, compara, explica. Su visión es (o debería ser) neutra; la de la literatura, sin embargo, es subjetiva y, por lo tanto, a menudo, irracional.

Pensemos, por ejemplo, en Soldados de Salamina de Javier Cercas. El relato de unos sucesos que ocurrieron al final de la guerra civil española, en plena retirada de las tropas republicanas. El ideólogo de Falange y, a la postre, el falangista más antiguo de España, Rafael Sánchez Mazas, es fusilado junto con otro grupo de prisioneros en un bosque cercano al santuario de Santa María del Collell (Gerona). Pero logra escapar. En su huida, un soldado republicano lo encuentra, le mira a los ojos y le salva la vida.

La novela gira alrededor de esa mirada -el secreto esencial- que el libro trata de desvelar, como si detrás de ella se escondiera algo más que compasión. ¿Pero es así o nos hace creer el autor que es tal y como él lo relata? ¿Examina la literatura el misterio de la vida…, o lo crea?

En efecto, quien haya leído la novela da por descontado que así es, que ese suceso es inexplicable con tal solo argüir bondad, compasión, coraje o cualquiera de las virtudes que podamos pensar, y que, más bien, esa situación es fruto, sobre todo, de una fuerza ciega, algo que nos sobrepasa y que nos impulsa, algo que, tal vez, como dice Cercas: «no está hecho para describirse con palabras, porque las palabras solo están hechas para decir lo decible, es decir, todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua marrón de la hoya, y que grita con fuerza sin dejar de mirarlo: -¡Aquí no hay nadie!-».

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