Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos los demás. (Artaud)
Nadie pudo tumbarlo, excepto él mismo, y la caída fue definitiva. Toro salvaje, el clásico de Scorsese, muestra la esencia más cruda del boxeador Jake LaMotta a través de la magnífica actuación de Robert De Niro. La película narra una existencia arrinconada por los complejos, la desconfianza, la violencia y los celos, un cuadrilátero perfecto donde vida y ring se entrelazan como metáfora de la lucha universal del hombre contra sus propios demonios, en la búsqueda de sí mismo. «Hubiera podido ser alguien», dice, al mirarse en el espejo, como un Hamlet arrepentido, en la escena final donde el boxeador, ahora comediante y declamador de versos, alcanza una rendención medida, pues nunca puede ser del todo completa para quien fue tan solo un animal salvaje.
Dice Félix de Azúa, hablando sobre el Arte, que el hombre del paleolítico representaba lo sagrado a través de los animales que pintaba. Para ellos, estos animales no conocían la muerte, pues, aunque los cazaban, la Naturaleza los regeneraba año tras año. Por este motivo, los seres humanos empezaron a enterrar a sus semejantes, buscando emularlos y aspirar, de este modo, a la inmortalidad.
En cierto sentido, la película de Scorsese se desarrolla bajo el fondo de esta antiquísima idea en la que nuestros antepasados, en sus inicios, buscaban representar la dignidad de los grandes animales no para adornar sus cuevas, por entretenimiento, sino para plasmar en la dura roca algo de su sabiduría. Es posible que Jake, como toro salvaje en el altar sacrifical, sea el símbolo de la culpa original, la mota de mal que pelea con la vida y que encuentra en el ritual de quince asaltos, la esperanza de que con dolor y sangre sea posible el perdón que todos buscamos.