The hollow men

El sonido de helicópteros en la distancia; una densa selva tropical, majestuosa, quizá el paraíso. De repente, la destrucción, el napalm, el apocalipsis. Suena la canción de The Doors, «The End»—¿hemos acabado con la inocencia de la tierra?—. La música sigue sonando y aparece la mirada del capitán Willard: tensa, herida, silenciosa, mientras observa la destrucción de las bombas, el horror de la guerra. Espera su próxima misión, la desea, porque no hay otro destino que la guerra ni más patria que el vacío para el soldado quebrado, sin moral, sin morada.

Apocalypse Now sitúa la primera escena en dos caminos que convergen: la guerra exterior y la interior, la de Vietnam y la del soldado que se sabe culpable de un crimen colectivo. El horror no solo está en la selva, sino en nuestro interior. Matar al coronel Kurtz es el viaje hacia el capitań Willard («su historia es mi historia»—dice—), y también lo es del progreso, de las huellas de su barbarie. El coronel Kurtz no es más que el espejo incómodo de la civilización, que inventa máscaras para enterrar sus fracasos. Pero ¿quién sobrevivirá al viaje, el que mata o el que ama?

Tal vez esto reflexione el capitán Willard, mientras un hombre de paja lee el poema de Eliot, The hollow men, y espera la muerte.

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