Hay una brecha que no se cierra nunca del todo, un «¿y qué más?» que no acaba de coincidir con nosotros. Y frente a ese desencuentro debemos elegir entre dos actitudes, o bien mirar hacia dentro e intentar comprender la verdad: que nuestra escisión es señal de que somos tiempo y cuestión; o bien, mirar hacia fuera, y hacer de la herida una simple cuestión de tiempo, como aquel que espera ser feliz en su próximo viaje a Roma.
Pero viajar no es hacer turismo, y por eso comparten esa diferencia existencial. Aunque en apariencia similares, son tan diversos como aquel que asume su condición ontológica y el que no, pues todo viaje es hacia dentro, y no solamente un discurrir continuo de paisajes sin nombre.