Símbolo de simetría y orden, de armonía, por un lado; pero, de seducción fatal, de engaño y soberbia, por otro. Los antiguos griegos fueron realmente conscientes de la ambigüedad de la belleza.Tan necesaria para la virtud como seductora para el vicio. De su oposición al encantamiento de los sentidos y de su visión racional de la realidad, surge una de las concepciones de la belleza más trascendentes de la historia del pensamiento.
Bello se dice en griego καλός y con esta palabra tanto podían calificar cosas y personas de la manera en que nosotros lo hacemos, como decir que un puerto es «bello» para atracar navíos en días de tormenta, que un utensilio es «bello» para cortar o que las leyes de Atenas son «bellas». De este modo, las cosas bellas lo son porque sobresalen, porque son útiles y apropiadas. Su belleza, en consecuencia, no es fruto de una experiencia subjetiva, sino de una objetividad apreciable.
Para Platón, que escribió extensamente sobre el tema en dos diálogos memorables –El Banquete y El Fedro-, consideraba que la belleza tenía un papel fundamental para la vida filosófica, cosa sorprendente para un filósofo cuya elección fundamental era la disyuntiva: o con el cuerpo o con el alma. Lejos de lo sensual, su finalidad no debía ser la de estimularnos con múltiples sensaciones, sino la de abrir una dimensión espiritual, ascética, que nos elevase por encima de los deseos mundanos. La belleza es para Platón un trabajo de desprendimiento, racional, a través del cual entramos en armonía no sólo con nosotros mismos, sino también con el orden universal de las cosas. Así como los astros tienen una cadencia en su movimiento y toda observación detallada ayuda a desvelar los principios de los fenómenos naturales, así también la vida tiene su propio ritmo, y encontrar y vivir acorde a este cosmos (orden) era la tarea principal de la filosofía antigua. No tiene que ver, por tanto, la belleza con el gusto, con el like, sino con la virtud, con la ética, con el ejercicio del Bien.