El placer ascético

Epicuro consideraba que el objetivo final de su filosofía era proporcionar una vida serena en jovial alegría, y que no había mejor manera de llevar a cabo tal propósito que aceptar el primer principio de todo ser viviente, a saber, la inclinación natural hacia el placer y el rechazo del dolor. 

Del placer dice que es oikeion, morada, refugio, hogar; del dolor, que es allótrion, ajeno, extraño. Ahora bien, Epicuro no iguala a todos los placeres, sino que antepone los intelectuales porque son los más calmados y los más duraderos. La ascesis y la sobriedad son, por tanto, elementales para quien entiende que una vida que encuentra su dosis adecuada de placer es una vida emancipada, gobernada por uno mismo (autarquía); en una palabra, libre.  

Por el contrario, asociar el placer solo con el cuerpo provoca el  ajetreo de los sentidos y nos aleja del ideal de quietud, de gozo y nos sitúa, al igual que Tántalo, ante unas aguas que se alejan como una ilusión desvanecida…

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