Por lo general, cuando se critica a «la gente» no se expresa, en mi opinión, una crítica, sino una forma de empatía social. Una manera de hablar en la que el emisor y el receptor afirman, comparten y quedan libres de toda condena. No obstante, si las críticas a «la gente» fueran tomadas en serio, nuestra respuesta debería ser la de la preocupación, tal vez, incluso, la de la vergüenza. Porque, ¿quién es «la gente»? Pues todos y nadie determinado. «La gente» no es más que una representación de lo humano, todo lo que se dice, se piensa o se hace. Y nadie escapa por completo a «la gente», como sí escapamos de tal o cual persona. En rigor, sólo una crítica real, una crisis, es capaz de separarnos de lo humano impersonal «la gente», un gran «no» que produce una ruptura entre lo heredado y lo reflexionado.
Como enseña el Génesis, la historia de nuestra libertad empieza con una negación…