Anaximandro fue el segundo de los tres filósofos con los que se inicia el pensamiento occidental a finales del siglo VII a.C, en Mileto, una próspera ciudad griega situada en Asia Menor. Junto con su predecesor, Tales, y su sucesor, Anaxímenes, forman la llamada Escuela de Mileto. La preocupación filosófica que les caracteriza es la naturaleza -la physis-, entendida esta como aquello que crece, que brota, que produce una serie de acontecimientos (la lluvia, el sol, los astros, los eclipses, etc.); y que, bajo la luz del pensamiento libre –y no de la tradición mitológica-, el filósofo es llamado a explicar, a encontrar su principio, su arjé. Ante la naturaleza cambiante, ante lo múltiple, cabe buscar lo que permanece, lo que no cambia, lo que es en realidad: lo uno.
Si para Tales y Anaxímenes el principio de las cosas era el agua y el aire respectivamente, para Anaximandro fue el ápeiron, es decir, lo ilimitado o indeterminado. A ojos de este pensador milesio, el comienzo de las cosas no podía ser a causa de algo particular (como el agua o el aire), sino de algo por determinar, por limitar. De ahí, por tanto, su universalidad.
Sin embargo, entender el ápeiron como una sustancia concuerda bien con lo que diría Aristóteles tiempo después en su teoría hilemórfica: la materia como aquello que es capaz de recibir todas las formas; pero, si olvidamos por un momento esta interpretación y atendemos al texto de Anaximandro y a su referencia al tiempo, podríamos entender ápeiron no como sustancia, sino como ciclicidad, ya que ápeiron también puede significar: «de forma circular». Recordemos su famoso pasaje:
“De donde las cosas tienen su origen, hacia ahí también deben sucumbir, según la necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo” (Trad. Heidegger)
Parafraseando a T. S. Eliot, podríamos decir que en el fin de las cosas está también su principio. Y, en efecto, en términos cosmológicos sabemos que el universo se expande fruto de esa primera explosión (Big Bang). ¿Será entonces su final volver a su origen?, ¿es este universo el primero, el segundo, el tercero, etc., de una serie infinita de universos? No lo sabemos, pero el mismo Anaximandro, según las fuentes, habló de la posibilidad de múltiples mundos. Su intuición, no hay duda, es realmente magnífica.
Asimismo, como en todo saber antiguo, el ser humano y el universo formaban un todo y, en consecuencia, la verdad sobre el comienzo del universo significaba, en cierto modo, el comienzo de nuestra verdad… Con la Modernidad esta cosmovisión se perdió, no obstante, parece inevitable preguntarse si, como dice este maestro de Mileto en los inicios del pensamiento occidental, partimos del ápeiron y volvemos a él en una eterna disputa de mundos y de vidas que son, que pudieron ser y que serán.