Zac Ismailov es un chico de diecinueve años cuya vida está marcada por el lujo: coches deportivos, restaurantes caros y apartamentos de alta gama. Su acento ruso lo caracteriza, pues es hijo de un padre que amasó una gran fortuna bajo la Unión Soviética. Su madre, una modelo suiza, vive en Duwai. Durante meses todos en Londres lo conocen como el hijo de una familia multimillonaria, hasta que en 2019 aparece muerto a orillas del Támesis, después de haber saltado de un apartamento de lujo situado frente a la sede del MI6. Tras su muerte, sus padres descubren que su hijo, Zac Brettler, se había hecho pasar por el hijo de un oligarca ruso.
Tan fascinante como siniestra, la historia que nos desvela Patrick Redden Keefe en su libro «El hijo del oligarca» se bifurca en dos mitades: la personal, la de Zac, el niño fascinado por el poder y el dinero, cuya impostura acaba pagando con su vida; y, la de Londres, la ciudad portuaria que acaba transformándose en capital de la impunidad financiera. Tras oleadas de oligarcas rusos entrando en la que es ya apodada «Londongrado», Zac engaña a delicuentes de alto nivel, empresarios, agentes financieros y mafiosos.
¿Cómo es posible que un adolescente pudiera engañar a tanta gente a la vez? Cierto es que un engaño nunca es perfecto si no cuenta con la participación de aquel que es engañado, y, ciertamente, el engaño de Zac parece inverosímil si no contara con cierto grado de autoengaño. No es solo que Londres haciera posible semejante embuste, sino que el talento de este joven intrépido consistía en saber identificar la mentira deseada de aquel con quien trataba.
Un deseo, dice Rene Girard, siempre es triangular. Es el otro el que nos hace querer aquello que creemos genuinamente desear. En el fondo, dice, es aquello que el otro representa lo que realmente anhelamos, y que, en realidad, nuestro ser siempre está mediado por el deseo ajeno. En la obsesión londinense por el pedigrí académico, Zac no fue un estudiante brillante, y la frustración por no acceder a ciertas escuelas fue un duro golpe para él y su familia. Cuando al final es aceptado en Mill Hill School, se encontró con chicos de familias ricas que nunca llevaban el uniforme de la escuela y que viajaban con chófer. Quizá fue allí cuando intuyó que, para llegar a ser alguien, no bastaba con serlo, sino que debía aprender a mirarse con los ojos de los demás, y desear para sí aquello que los convertía en objeto de admiración.