Las emociones no son cosas

En nuestro repertorio de tópicos abunda la expresión «gestión emocional». ¿Pero acaso una emoción es gestionable? ¿Cómo ha de ser algo para que lo sea? Para gestionar algo, primero hemos de disponer de eso con lo que queremos tratar, de manera que eso de que disponemos esté sujeto a nuestro albedrío. Disponemos, por ejemplo, de tiempo y, por eso, lo administramos bien o mal. No obstante, una emoción es una forma más o menos transitoria de estar en el mundo. Como planteaba Heidegger, los estados de ánimo no se capturan como si fueran cosas, sino que son formas en las que el mundo se abre para nosotros. Las emociones, por no hablar de los sentimientos, son formas de estar que nos aparecen ahí en nuestro trato con el mundo, y no cosas que simplemente aparecen en la mente de quien las experimenta. Una emoción, no obstante, sí puede hacer que la vida se preste a indigestión o a sugestión: aquellos aspectos que laten y la dotan de su pulso existencial, difícilmente sentidos hoy cuando hemos transformado el verbo vivir en participio, en hecho, en gestión.

Estándar