La nada

Observar las cosas sin el sentido que establecemos a través de nuestros juicios es una experiencia que podríamos denominar epocal (del griego «epokhé», suspensión, parada), en cuyo caso la consciencia deja de dar sentido a lo real para que esto mismo, lo real, pueda aparecer como «algo ahí» que marca su distancia ante nosotros.

No hay duda de que dicha experiencia nos revela la brecha que habitamos, brecha de ser (las cosas ahí) y de nada (su revelada contingencia). Como dice Sartre: «el hombre es el ser a través del cual llega al mundo la nada.»

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Génesis

¿Quién quisiera vivir en un estado de inocencia perpetua, en una infancia sin fin, servir a papá y a mamá, atender solo a sus mandatos? Pues, en principio, nadie. ¿Debemos, entonces, dar las gracias a la serpiente por arrancarnos de nuestra inconsciencia?  La escisión, el dolor de conocer, la brecha que habitamos y que nunca terminamos de cerrar es nuestra caída, pero también nuestro éxito. Somos la historia de esa escisión, de esa consciencia que se sabe quebrada y cuya sanación, como dice Hegel, es aquello mismo que la produce, es decir, el conocimiento.

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La ciencia y el mal

«Un ser humano es una parte del todo que llamamos universo, una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado de todo lo demás, lo cual constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones e inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Es tarea nuestra librarnos de esta prisión.»

Albert Einstein

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La gente

Por lo general, cuando se critica a «la gente» no se expresa, en mi opinión, una crítica, sino una forma de empatía social. Una manera de hablar en la que el emisor y el receptor afirman, comparten y quedan libres de toda condena. No obstante, si las críticas a «la gente» fueran tomadas en serio, nuestra respuesta debería ser la de la preocupación, tal vez, incluso, la de la vergüenza. Porque, ¿quién es «la gente»? Pues todos y nadie determinado. «La gente» no es más que una representación de lo humano, todo lo que se dice, se piensa o se hace. Y nadie escapa por completo a «la gente», como sí escapamos de tal o cual persona. En rigor, sólo una crítica real, una crisis, es capaz de separarnos de lo humano impersonal «la gente», un gran «no» que produce una ruptura entre lo heredado y lo reflexionado. 

Como enseña el Génesis, la historia de nuestra libertad empieza con una negación…

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El placer ascético

Epicuro consideraba que el objetivo final de su filosofía era proporcionar una vida serena en jovial alegría, y que no había mejor manera de llevar a cabo tal propósito que aceptar el primer principio de todo ser viviente, a saber, la inclinación natural hacia el placer y el rechazo del dolor. 

Del placer dice que es oikeion, morada, refugio, hogar; del dolor, que es allótrion, ajeno, extraño. Ahora bien, Epicuro no iguala a todos los placeres, sino que antepone los intelectuales porque son los más calmados y los más duraderos. La ascesis y la sobriedad son, por tanto, elementales para quien entiende que una vida que encuentra su dosis adecuada de placer es una vida emancipada, gobernada por uno mismo (autarquía); en una palabra, libre.  

Por el contrario, asociar el placer solo con el cuerpo provoca el  ajetreo de los sentidos y nos aleja del ideal de quietud, de gozo y nos sitúa, al igual que Tántalo, ante unas aguas que se alejan como una ilusión desvanecida…

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La belleza como desprendimiento

Símbolo de simetría y orden, de armonía, por un lado; pero, de seducción fatal, de engaño y soberbia, por otro. Los antiguos griegos fueron realmente conscientes de la ambigüedad de la belleza.Tan necesaria para la virtud como seductora para el vicio. De su oposición al encantamiento de los sentidos y de su visión racional de la realidad, surge una de las concepciones de la belleza más trascendentes de la historia del pensamiento. 

Bello se dice en griego καλός y con esta palabra tanto podían calificar cosas y personas de la manera en que nosotros lo hacemos, como decir que un puerto es «bello» para atracar navíos en días de tormenta, que un utensilio es «bello» para cortar o que las leyes de Atenas son «bellas». De este modo, las cosas bellas lo son porque sobresalen, porque son útiles y apropiadas. Su belleza, en consecuencia, no es fruto de una experiencia subjetiva, sino de una objetividad apreciable.  

Para Platón, que escribió extensamente sobre el tema en dos diálogos memorables –El Banquete y El Fedro-, consideraba que la belleza tenía un papel fundamental para la vida filosófica, cosa sorprendente para un filósofo cuya elección fundamental era la disyuntiva: o con el cuerpo o con el alma. Lejos de lo sensual, su finalidad no debía ser la de estimularnos con múltiples sensaciones, sino la de abrir una dimensión espiritual, ascética, que nos elevase por encima de los deseos mundanos. La belleza es para Platón un trabajo de desprendimiento, racional, a través del cual entramos en armonía no sólo con nosotros mismos, sino también con el orden universal de las cosas. Así como los astros tienen una cadencia en su movimiento y toda observación detallada ayuda a desvelar los principios de los fenómenos naturales, así también la vida tiene su propio ritmo, y encontrar y vivir acorde a este cosmos (orden) era la tarea principal de la filosofía antigua. No tiene que ver, por tanto, la belleza con el gusto, con el like, sino con la virtud, con la ética, con el ejercicio del Bien.

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Impulso de seguridad

Incluso en los latidos del corazón hay caos y todo corazón sano es más caótico que uno enfermo, pues su tendencia no será al caos sino al orden. Y aunque esto suene paradójico, así lo demuestran los estudios en medicina que, como otras tantas disciplinas -meteorología, matemáticas, psicología, física, sociología, etc.-, han sido estimulados por la teoría de Edward Lorenz.

No obstante, es curioso observar cómo en política los seres humanos hemos tenido, a lo largo de nuestra historia, un mayor impulso de seguridad que de albedrío. Así lo comprobamos, por ejemplo, en Atenas y Esparta, las dos ciudades-estado más llamativas de la Antigüedad en cuanto a modelos antagónicos de sociedad. La primera sobresalía en libertad, arte, comercio e ingenio; la segunda, en seguridad, guerra y mando. Y, a pesar de todo, ha sido Esparta, con su pulsión anticomercial y antiliberal, la que ha servido de paradigma a grandes imperios y sangrientos movimientos políticos.

El mismo Platón, filósofo ateniense, consciente de que la filosofía empezó en las costas de Jonia, un enclave comercial propicio para el intercambio de bienes e ideas y alejada del poder central de las grandes metrópolis, propuso en su República un modelo de ciudad-estado reflejo de un alma orientada a la búsqueda del saber, pero que, al mismo tiempo, no contemplaba la libertad, la probabilidad y la espontaneidad, sino la obediencia, la predicción y el orden.

Por fortuna, no solo la ciencia sino también la historia nos ha venido a demostrar que la vida necesita caos, adaptación continua. Con todo, tal vez lo más importante en la vida no sea ser sino estar…

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Sobre el Fedón

El diálogo platónico Fedón nos ofrece un ejemplo paradigmático de entereza ante la muerte. El relato de los últimos momentos de un hombre, al abrigo de sus discípulos, que transcurre entre la tristeza de los que se quedan y la alegría tranquila del que se va. «¿Por qué lloráis -dice- si mi vida, filosofar, no ha sido más que una preparación para la muerte, un vivir aprendiendo a morir y estar muerto?».  

Así se expresa Sócrates, el maestro de ética, el guerrero pacífico, el héroe civil, el mártir de Atenas…; el hombre que aprendió que el saber serena la vida, cambia superstición por inteligencia y fantasía por medida. Porque tan solo una persona que no conoció el descanso en su afán por estudiar, puede mirar a la muerte y sonreír con la gratitud del que jamás perdió el tiempo. 

Más allá de los argumentos, más allá de las razones, solo la experiencia de un filósofo ante la muerte. He aquí pues la fuerza del diálogo: su valor testimonial. 

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El espíritu de la colmena

Que el cine en su origen era un acto social excepcional, donde se difuminaba la línea que separa la realidad de la ficción, es algo que podemos observar en la película de Víctor Erice El espíritu de la colmena, un film que, además de película, documenta el impacto del séptimo arte en las gentes de la España de la posguerra, a mediados de 1940, en un pequeño pueblo de Segovia. Ante la pantalla, los vecinos miran asombrados al monstruo que nace de los miembros de la gente muerta. El doctor Frankenstein es la película proyectada y dos de sus espectadoras, Ana e Isabel, dos hijas pequeñas de una familia atrincherada en la tristeza y la desazón, miran al monstruo y a la niña que le acerca flores a sus manos cosidas. La más pequeña de las dos, Ana, abre sus ojos, sobrecogida, como ante un milagro. Al acabar la película pregunta a su hermana mayor: «¿por qué mata a la niña?». 

Quien haya leído Frankenstein o el moderno prometeo de Mary Shelley sabe que el monstruo, lejos de ser un asesino cruel, es un ser bondadoso ilusionado por conocer el mundo. Sin embargo, el rechazo de su creador y de las personas que lo rodean -un mundo sin amor ni justicia- lo transforman en un ser vil y macabro cuya única alternativa es la violencia. La criatura, transformada por el odio, deviene lo que los demás ven en él y no lo que en realidad es. Como decía Camus: «son los otros los que nos engendran».

Asimismo, de la España cadavérica, desmembrada por la guerra civil, surge una sociedad aislada, escondida en sus respectivas colmenas, que como abejas se afanan al unísono con un movimiento enigmático al par que inconsciente y perpetuo. 

Un repetitivo pensamiento bello pero siniestro -como el amarillo melifluo que reviste la casa- obsesiona a Fernando, el padre de las niñas, fascinado por el mundo de las abejas, y que reescribe sin cesar como un Sísifo taciturno. Teresa, la madre, escribe cartas a un amor que perdió en la guerra y cuyo paradero desconoce por completo. «Tanta tristeza -dice- nos ha privado de la capacidad de sentir la vida», un dolor tan grande y hondo que sólo habita el silencio. 

A este mundo gris representado por los padres, se contrapone el de las niñas que buscan crear uno propio, lleno de aventuras, a través de dos latidos diferentes. Isabel simboliza la pulsión cruel y mortal del ser humano; Ana, la bondadosa y vital. Pero de las dos, la que no encuentra acomodo en esa infeliz y lánguida colmena es Ana, puesto que lo que ella representa (la bondad, la humanidad, la libertad) no admite los muros estrechos de un panal. La vía de escape, el tren, que en su imaginación la llevará lejos de allí, resulta ser el cine. Las mentiras que se relatan tras las gran pantalla son las que la impulsan a buscar, a crecer, pues solo crecemos cuando aprendemos a mirar, y a crear el argumento de sus aventuras. Aventuras llenas de luces y de sombras, de ficción y de realidad.

Como Frankenstein, Ana irradia el fuego prometeico que representa la victoria de la vida sobre la muerte. 

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A la caza de la verdad

Podemos ignorar la verdad, podemos esquivarla, podemos descartarla y olvidarla, y también podemos engañarnos. Pero lo que no podemos es permanecer en la mentira, en el error a sabiendas. Si esto fuera posible, la búsqueda de la verdad, como decía Ortega y Gasset, sería un sinsentido. No sin motivo, el Homo sapiens tiene un largo historial en la caza y recolección de esta noble realidad, y, precisamente por ello, cabe preguntarse por qué esto es así, por qué vamos tras sus huellas. La respuesta es sencilla: porque ignoramos y erramos. Anhelamos la luz porque nos constituyen las sombras. 

Sin embargo, en la sociedad del ruido en la que vivimos, incluso el negacionista busca salir de la mentira y del error, aunque su búsqueda le lleve invariablemente a confirmar lo que ya da por descontado, a saber, que todo lo que acontece es fruto de una perversa manipulación de la cual solo unos pocos están enterados.

La diferencia entre el que hace de la sospecha su dueña y no su aliada es que los primeros van a la caza de la verdad y acaban siendo presas de la mentira, mientras que los segundos, van tras la verdad errando, pues, todo error es una pista hacia lo verdadero. 

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